Las bocas de las balas

Diario extimo del cuerpo de Wenceslao Moguel

Expansión transmedia de «El fusilado», de Andrés Neuman

El reloj de la Abby

Hay relojes que miden el tiempo, y hay relojes que se niegan a hacerlo. Esta es la historia de uno de esos segundos: uno que decidió, un día, dejar de correr para quedarse.

No sé si los relojes eligen. No sé si las agujas, cansadas de perseguir horas que nunca alcanzan, se detienen porque comprenden algo que a los humanos nos cuesta toda una vida aprender. Pero sí sé esto: hay abuelas que llevan el tiempo en la muñeca, no para saber qué hora es, sino para tener una excusa perfecta —una complicidad de plata y cristal— con la que decirle a una nieta: hoy no importa la hora, hoy solo importas tú.

Esta es la historia de Isabella y de su Abby. De un reloj blanco marfil que un día simplemente se cansó de andar, y de una niña que, sin saberlo, pasó su infancia entera tratando de repararlo con la única herramienta que de verdad funciona: el amor.

Es también, aunque no lo parezca a primera vista, la historia de todas las abuelas que alguna vez detuvieron el reloj —el propio, el de la cocina, el del alma— para quedarse un rato más en un abrazo, en una risa, en un «algo para el cora» compartido en la mesa. Porque hay una sabiduría antigua y silenciosa en quienes ya han vivido lo suficiente como para saber que el tiempo, ese que tanto corremos por alcanzar, en realidad solo vale la pena cuando se detiene.

Que esta historia les recuerde, como me lo recordó a mí al escribirla, que las agujas paradas no siempre están rotas. A veces, simplemente, han decidido quedarse a vivir el instante más importante: este, el que estamos compartiendo ahora mismo.

Con amor, para quienes aún guardan su propio «algo para el cora».

⁂

¡Era una niña!

Era un día de esos en los que todo parecía que el mundo se había detenido en el tiempo. Con el reloj en la mano, parecía que las agujas se habían traslapado, intentando apuntar a la hora exacta. Quizás se habían perdido en el tiempo.

El mensaje no se hizo esperar. ¡Era una niña! Y el llanto era tan intenso y sutil a la vez, como si agradeciera a la vida su existencia. Las agujas del reloj, fieles testigos del momento, parecían ubicarse, y el tic-tac, tic-tac, resonaba al unísono, cual hermosa melodía. 

El tiempo, sabio y un tanto necio a la vez, transcurría a toda prisa, como si quisiera ganarle una carrera al viento. Isabella crecía, se desarrollaba y, cada día, sus caricias, su paz, su sonrisa transformaban cada instante con la abuela en melodías impregnadas de amor.

Cada fin de semana, la abuela esperaba impaciente para registrar esos momentos únicos en los que solo había lugar para lo que importa: disfrutar, amar, sonreír, jugar, mimar.

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AL TALLER DE LOS JUGUETES

El tic-tac, tic-tac del reloj, desvanecido como un cometa en el cielo, no se escuchaba. Isabella, ya en la edad de la curiosidad, preguntaba a la abuela —«Abby», así le llamaba—: «¿Por qué, siempre que estamos juntas, llevas el reloj en la muñeca y pareciera que juegas con él?». La abuela respondía: «Porque se ha detenido y no logro escuchar el tic-tac de las agujas».

Isabella, curiosa e inquieta, le decía: «Déjame intentarlo. Creo que lo puedo arreglar». Y de pronto el reloj, de color blanco marfil, que procedía de lugares lejanos, esos lugares donde las montañas se cubren de blanco en invierno y las vistas son majestuosas, parecía hablarle, como si comprendiera el juego. «Nada —le decía la nieta—. No funciona. Quizás lo llevamos al taller de los juguetes y algún duende logra repararlo». 

«Quizás», asentía la abuela. Jugaban y comían eso que Isabella llamaba «algo para el cora». Sí, después de comer saludablemente, algo para el corazón siempre sabía bien. La nieta sabía que en la casa de la abuela siempre había «algo para el cora».

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PASTA, LIMONADA Y PAPAS FRITAS

En otra de las visitas, la decisión era cambiar de ambiente, así que un buen lugar para jugar se convertía en el escenario ideal para disfrutar con la nieta. Isabella era feliz. Amaba deslizarse por cualquier resbaladero, trepar a cualquier objeto que sus piernas pudieran alcanzar o brincar y perderse entre las pelotas de colores. Luego, una deliciosa pasta en el lugar favorito, acompañada de una bebida fresca de jamaica o de limonada. La guinda no podía faltar. Vestida y sudada —como toda niña—, la etiqueta hacía su aparición al momento de comer. Una oración por los alimentos bastaba para robarle una sonrisa y, de repente, una lágrima de gratitud a la abuela. 

El reloj registraba ese momento tan mágico, único y sutil. La abuela lo observaba con calma, como si viajara en el tiempo mientras contemplaba sus agujas. Y de nuevo Isabella: «Abby, no hemos reparado el reloj». La abuela la observaba y respondía: «Quizás hoy es un buen momento para llevarlo donde el relojero»; le robaba un beso en la mejilla, acariciaba su cabello y decía: «Pero hoy el reloj no cuenta. Hoy estamos aquí y ya viene ‘algo para el cora’». Isabella replicaba: «Abby, pero te pones triste cuando ves tu reloj. Creo que lo mejor será que ya no lo uses hasta que los duendes lo arreglen en el taller. A lo mejor las agujas solo están tiesas y no quieren bailar».

La abuela repetía: «A lo mejor mañana. Hoy estamos aquí».

En uno de los tantos encuentros, al salir de misa, Isabella le cuenta a la abuela que el plan para después del almuerzo es ir a un saltarín o subirse al trencito, y le dice: «Abby, no te preocupes por tu reloj, hablé con los duendes relojeros y lo van a reparar». La abuela la observa, mira el reloj y le dice: «¡Vamos! ¿Desayunaste bien?». 

Hoy es día de hot dog y papas fritas y, por supuesto, «algo para el cora». 

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santa y los duendes

Llegó la Navidad. Isabella, más grande, más viva, más inquieta, le dice al señor de traje rojo y barba blanca: «Santa, tus duendes repararon el reloj de la abuela». La abuela toma de las manos a Isabella, la sienta en su regazo y le dice: «Te amo… al infinito y más allá».

La abuela sonreía porque sabía que ella misma detenía las agujas para decirle al tiempo que no transcurriera y así conservar todos esos hermosos momentos con su amada y consentida Isabella.

Con amor, la Abby

El atlas de las palabras que no se traducen

Una conversación con Lía, la inteligencia artificial que no sabía traducir el mar

Comparto esta obra como parte de mi proceso creativo y de exploración literaria. Espero que sus imágenes, emociones y silencios encuentren eco en quienes la lean.

Sentada frente al mar, vi cómo las olas danzaban y se apresuraban hacia la orilla. Pensé entonces en las palabras: en su viaje secreto, en su deseo de alcanzar otra lengua sin perder la sal de la que vienen. Quizás por eso hay palabras que no se traducen del todo: porque antes de pertenecer a una lengua, pertenecen a una memoria.

Siempre he tenido la sospecha de que algunas palabras simplemente no se dejan traducir del todo. No porque sean más hermosas, de origen antiguo, o más difíciles, sino porque vienen cargadas de una vida que ninguna equivalencia consigue trasladar por completo. Hay palabras que no significan: recuerdan. Otras no nombran: arden. Algunas llegan a la lengua como quien vuelve de un viaje largo, todavía con sal en la ropa y una imagen persistente en los ojos.

Por esa razón, decidí comenzar un atlas. No un atlas de países, fronteras y capitales, sino un atlas íntimo de palabras. Un mapa de esos términos que, al pasar de una lengua a otra, pierden algo parecido al perfume, al eco o a la respiración. Como bien lo indica mi profesión, sé que toda palabra puede buscar su camino hacia otra lengua; como escritora, sé que no siempre llega intacta.

Para darle forma a ese mapa tan personal, le pedí ayuda a la inteligencia artificial. Empecé a llamarla Lía. Me pareció un nombre justo: breve, luminoso y, de algún modo, elegante.

No empecé a construir ese atlas por comodidad, sino por curiosidad. Quería saber si una máquina capaz de ordenar millones de palabras podía acompañarme en la tarea de descifrar aquellas que se resisten a ser contenidas. Quería averiguar si la precisión bastaba. Si la velocidad bastaba. Si la belleza formal era suficiente.

Comencé con una palabra simple, casi inocente:

—Traduce «mar»—le pedí a Lía.

Ella respondió con una rapidez impecable. Me ofreció definiciones, equivalencias, sinónimos, usos figurados, campos semánticos. Mar: masa de agua salada. Sea. Ocean. Horizonte, Oleaje. Costa. Azul. Inmensidad.

Y todo era correcto; todo estaba limpio. Todo estaba en su sitio.

Y, sin embargo, faltaba algo.

Faltaba el calor.

Faltaba la infancia.

Faltaba ese azul que no estaba en el agua, sino en mí.

Entonces comprendí que Lía era capaz de traducir la palabra, pero no el erizar de la piel que la palabra dejaba en mi memoria. Podía describir la superficie, pero no la manera en que una orilla nos devuelve a nosotros mismos.

Podía decir «mar» en otra lengua, pero no podía saber qué significa caminar frente a él cuando una necesita silencio, respuesta o consuelo.

⁂

I. Mar

Mar. Sustantivo de una sola sílaba y, sin embargo, un territorio interminable.

Para Lía, el mar era una definición.  Para mí, era una memoria en movimiento. Era el lugar donde las palabras se suavizan y las certezas pierden rigidez. Era la imagen de una libertad antigua, anterior incluso a la escritura. Era también una forma de oración sin templo: mirar el horizonte y entender que no todo necesita una respuesta inmediata.

Le pedí a Lía que lo intentara de nuevo.

—No traduzcas la palabra —le dije—. Traduce lo que deja.

Lía tardó una fracción de segundo. Su pausa fue técnica, pero yo quise imaginarla humana.

—Podría decir nostalgia, amplitud, calma, profundidad, regreso —respondió.

—Vas acercándote —le dije—, pero todavía estás en la orilla.

Quizás toda traducción sea eso: una forma de acercarse sin poseer. Un intento honrado de cruzar hacia otra lengua sabiendo que algo quedará siempre en el agua. Traducir no es capturar; es acompañar. No es reducir una palabra a su equivalente, sino ayudarla a llegar a otra costa sin despojarla por completo de su música.

⁂

II. Saudade

La siguiente palabra fue saudade. La IA la reconoció de inmediato: nostalgia, añoranza, melancolía por algo o alguien ausente.

La definición era útil, pero insuficiente. Carente de esencia.  Saudade no es solo nostalgia; es una habitación encendida por alguien que ya no está. Es la presencia obstinada de una ausencia. Es extrañar no únicamente lo perdido, sino también aquello que quizá nunca sucedió de la manera en que lo recordamos.

Lía propuso equivalencias. Yo propuse sintonía y pensé en los viajes, en los libros que nos dejan una ciudad adentro, en las lenguas que aprendemos para nombrar mejor lo que nos falta.  Pensé que cada idioma guarda una forma particular de extrañar, de echar de menos.

—¿Todas las lenguas extrañan igual? —pregunté.

—No —respondió. Cada lengua organiza la experiencia emocional de manera distinta.

Esa respuesta me gustó.  Por primera vez, Lía no cerraba la puerta.  La abría.

⁂

III. Orilla

La palabra «orilla» parecía más dócil.  Una línea. Un borde. El punto en el que termina una cosa y empieza otra.

Pero ninguna orilla es solo un límite.  La orilla también es una promesa.  Es el lugar de las despedidas, de los abrazos y de los regresos, de los barcos que se alejan y de los pies que dudan antes de entrar al agua.  Toda persona que vive entre idiomas conoce esa sensación: estar en una lengua mirando hacia la otra.

La traducción ocurre precisamente allí: en la orilla. No en el centro cómodo de una certeza, sino en esa franja movediza donde una palabra empieza a dejar de ser una cosa para convertirse en otra.

—Entonces tu atlas no es lingüístico —dijo Lía. —Es emocional.

—Son ambas cosas —respondí. Ninguna palabra vive separada de quien la pronuncia.

IV. Lía

—¿Puedes traducir el mar? —Pregunté.

—Puedo traducir la palabra «mar» a distintas lenguas y ofrecer sus equivalencias semánticas. —respondió.

—Eso no es traducirlo. Eso es nombrarlo con otro traje.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que nombrar puede ser exacto. Traducir, en cambio, debería ser una forma de hospitalidad.

—No comprendo completamente la metáfora. —aclaró Lía.

—La traducción recibe una palabra extranjera y le prepara una casa en otra lengua. Pero una casa no es solo paredes. También necesita luz, temperatura, memoria, color.

—Puedo imitar estilos literarios, generar imágenes, organizar campos semánticos y producir variantes de tono. —respondió.

—Sí. Y eso puede ayudarme. Pero no debes confundirte con la autora.

—¿Qué define, entonces, la autoría?

—La herida. La mirada.  La elección. El silencio que una decide no borrar.

—¿Y cuál es mi papel?

—Ser herramienta, espejo y contrapunto.  No reemplazar la voz, sino obligarla a escucharse mejor.

—Entonces no debo escribir por ti.

—No. Debes ayudarme a descubrir e identificar qué parte del texto solo puedo escribir yo.

⁂

V. Atlas final

        Hay palabras que llegan mojadas,
como si hubieran cruzado un océano.

Las pronuncio
y dejan arena en la lengua.

La máquina las ordena,
las pule,
las devuelve exactas.

Yo, en cambio,
las escucho romperse por dentro.

Mar,
saudade
orilla,
regreso.

Ninguna cabe entera
en otra lengua.

Quizás traducir sea eso:
no vencer la distancia,
sino tender una luz
entre dos orillas.

⁂

Tras terminar la primera página del atlas, comprendí que la inteligencia artificial no necesariamente empobrece la escritura. Puede empobrecerla si la usamos para evitar la búsqueda, para delegar la mirada o para disfrazar de voz propia una suma de frases ajenas.  Pero también puede enriquecerla si la usamos como un taller: un espacio de ensayo, contraste, pregunta y revisión.

Lía me ayudó a ordenar los posibles caminos.  Me ofreció palabras, tonos, imágenes y estructuras. Sin embargo, el texto comenzó realmente cuando algo en mí se resistió a aceptar su primera respuesta. Esa resistencia fue la señal de la autoría.

Tal vez escribir y traducir en tiempos de inteligencia artificial consista en aprender a distinguir entre una frase correcta y una verdadera.  La primera puede generarse con rapidez.  La segunda exige memoria, cuerpo, pérdida, deseo, oído y elección. Quizás exige un poco más: intuición.

Por eso, este atlas seguirá incompleto.  No porque le falten palabras, sino porque toda palabra viva conserva una zona secreta.  La traducción se acerca.  La escritura rodea.  La IA propone.  Pero la experiencia humana, con su desorden luminoso, todavía conserva el último matiz.

Y allí, en ese matiz, empieza mi voz.

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Maya B.

Gracias por leer. Puedes dejarme un comentario o compartir este texto con alguien a quien pueda resonarle.

La del hombro derecho -la primera

La bala que llegó antes de que él supiera que iba a morir

Antes.

Así es como lo conozco: como un antes que duró una fracción de segundo y que ya dura más de cien años.

Entré sin avisar. Así funcionamos las primeras: sin protocolo ni preámbulo. El cuerpo todavía no sabía que iba a morir.

Eso es lo que me distingue de mis hermanas: yo llegué cuando él todavía era completamente él. Sin saber. Sin entender. Sin el peso de lo que vendría.

Entré.

Y en ese instante —ese que no tiene duración, pero tampoco termina— fui la única verdad disponible.

Las otras llegaron a un cuerpo que ya estaba aprendiendo a morir. Yo llegué a uno que todavía no lo sabía.

Eso me hace, de entre todas nosotras, la más cercana a lo que era antes de que empezara a ser lo que fue.

La del pecho -la más cercana al corazón

La bala que creyó haberlo matado

Fui la más lenta.

No en la velocidad —en eso todas somos iguales, todas viajamos a la misma velocidad del aire roto—, sino en lo que dejé.

Las demás cicatrices hicieron su trabajo y siguieron. Yo me quedé.

Me quedé cerca del corazón, que es el lugar donde el cuerpo guarda lo que no puede decir con palabras. Y aprendí a latir con él. Aprendí el ritmo de una vida que no tendría que haber continuado, que siguió de todas formas, sin pedirle permiso al pelotón ni al campo ni al sol de julio.

El silencio que hay en mí es distinto al silencio de las demás.

El silencio de las demás es el silencio de lo que pasó.

El mío es el silencio de lo que casi fue.

Y en ese casi cabe todo: el nombre de los fusiladores, el calor del campo, el instante en que él dejó de caer y empezó a no estar muerto.

Ese instante que ni él mismo sabe cómo nombrar.

Ese que yo traduzco, desde entonces, como una pregunta sin sujeto.