
La bala que creyó haberlo matado
Fui la más lenta.
No en la velocidad —en eso todas somos iguales, todas viajamos a la misma velocidad del aire roto—, sino en lo que dejé.
Las demás cicatrices hicieron su trabajo y siguieron. Yo me quedé.
Me quedé cerca del corazón, que es el lugar donde el cuerpo guarda lo que no puede decir con palabras. Y aprendí a latir con él. Aprendí el ritmo de una vida que no tendría que haber continuado, que siguió de todas formas, sin pedirle permiso al pelotón ni al campo ni al sol de julio.
El silencio que hay en mí es distinto al silencio de las demás.
El silencio de las demás es el silencio de lo que pasó.
El mío es el silencio de lo que casi fue.
Y en ese casi cabe todo: el nombre de los fusiladores, el calor del campo, el instante en que él dejó de caer y empezó a no estar muerto.
Ese instante que ni él mismo sabe cómo nombrar.
Ese que yo traduzco, desde entonces, como una pregunta sin sujeto.


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