
Hay relojes que miden el tiempo, y hay relojes que se niegan a hacerlo. Esta es la historia de uno de esos segundos: uno que decidió, un día, dejar de correr para quedarse.
No sé si los relojes eligen. No sé si las agujas, cansadas de perseguir horas que nunca alcanzan, se detienen porque comprenden algo que a los humanos nos cuesta toda una vida aprender. Pero sí sé esto: hay abuelas que llevan el tiempo en la muñeca, no para saber qué hora es, sino para tener una excusa perfecta —una complicidad de plata y cristal— con la que decirle a una nieta: hoy no importa la hora, hoy solo importas tú.
Esta es la historia de Isabella y de su Abby. De un reloj blanco marfil que un día simplemente se cansó de andar, y de una niña que, sin saberlo, pasó su infancia entera tratando de repararlo con la única herramienta que de verdad funciona: el amor.
Es también, aunque no lo parezca a primera vista, la historia de todas las abuelas que alguna vez detuvieron el reloj —el propio, el de la cocina, el del alma— para quedarse un rato más en un abrazo, en una risa, en un «algo para el cora» compartido en la mesa. Porque hay una sabiduría antigua y silenciosa en quienes ya han vivido lo suficiente como para saber que el tiempo, ese que tanto corremos por alcanzar, en realidad solo vale la pena cuando se detiene.
Que esta historia les recuerde, como me lo recordó a mí al escribirla, que las agujas paradas no siempre están rotas. A veces, simplemente, han decidido quedarse a vivir el instante más importante: este, el que estamos compartiendo ahora mismo.
Con amor, para quienes aún guardan su propio «algo para el cora».
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¡Era una niña!

Era un día de esos en los que todo parecía que el mundo se había detenido en el tiempo. Con el reloj en la mano, parecía que las agujas se habían traslapado, intentando apuntar a la hora exacta. Quizás se habían perdido en el tiempo.
El mensaje no se hizo esperar. ¡Era una niña! Y el llanto era tan intenso y sutil a la vez, como si agradeciera a la vida su existencia. Las agujas del reloj, fieles testigos del momento, parecían ubicarse, y el tic-tac, tic-tac, resonaba al unísono, cual hermosa melodía.
El tiempo, sabio y un tanto necio a la vez, transcurría a toda prisa, como si quisiera ganarle una carrera al viento. Isabella crecía, se desarrollaba y, cada día, sus caricias, su paz, su sonrisa transformaban cada instante con la abuela en melodías impregnadas de amor.
Cada fin de semana, la abuela esperaba impaciente para registrar esos momentos únicos en los que solo había lugar para lo que importa: disfrutar, amar, sonreír, jugar, mimar.
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AL TALLER DE LOS JUGUETES

El tic-tac, tic-tac del reloj, desvanecido como un cometa en el cielo, no se escuchaba. Isabella, ya en la edad de la curiosidad, preguntaba a la abuela —«Abby», así le llamaba—: «¿Por qué, siempre que estamos juntas, llevas el reloj en la muñeca y pareciera que juegas con él?». La abuela respondía: «Porque se ha detenido y no logro escuchar el tic-tac de las agujas».
Isabella, curiosa e inquieta, le decía: «Déjame intentarlo. Creo que lo puedo arreglar». Y de pronto el reloj, de color blanco marfil, que procedía de lugares lejanos, esos lugares donde las montañas se cubren de blanco en invierno y las vistas son majestuosas, parecía hablarle, como si comprendiera el juego. «Nada —le decía la nieta—. No funciona. Quizás lo llevamos al taller de los juguetes y algún duende logra repararlo».
«Quizás», asentía la abuela. Jugaban y comían eso que Isabella llamaba «algo para el cora». Sí, después de comer saludablemente, algo para el corazón siempre sabía bien. La nieta sabía que en la casa de la abuela siempre había «algo para el cora».
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PASTA, LIMONADA Y PAPAS FRITAS

En otra de las visitas, la decisión era cambiar de ambiente, así que un buen lugar para jugar se convertía en el escenario ideal para disfrutar con la nieta. Isabella era feliz. Amaba deslizarse por cualquier resbaladero, trepar a cualquier objeto que sus piernas pudieran alcanzar o brincar y perderse entre las pelotas de colores. Luego, una deliciosa pasta en el lugar favorito, acompañada de una bebida fresca de jamaica o de limonada. La guinda no podía faltar. Vestida y sudada —como toda niña—, la etiqueta hacía su aparición al momento de comer. Una oración por los alimentos bastaba para robarle una sonrisa y, de repente, una lágrima de gratitud a la abuela.
El reloj registraba ese momento tan mágico, único y sutil. La abuela lo observaba con calma, como si viajara en el tiempo mientras contemplaba sus agujas. Y de nuevo Isabella: «Abby, no hemos reparado el reloj». La abuela la observaba y respondía: «Quizás hoy es un buen momento para llevarlo donde el relojero»; le robaba un beso en la mejilla, acariciaba su cabello y decía: «Pero hoy el reloj no cuenta. Hoy estamos aquí y ya viene ‘algo para el cora’». Isabella replicaba: «Abby, pero te pones triste cuando ves tu reloj. Creo que lo mejor será que ya no lo uses hasta que los duendes lo arreglen en el taller. A lo mejor las agujas solo están tiesas y no quieren bailar».
La abuela repetía: «A lo mejor mañana. Hoy estamos aquí».
En uno de los tantos encuentros, al salir de misa, Isabella le cuenta a la abuela que el plan para después del almuerzo es ir a un saltarín o subirse al trencito, y le dice: «Abby, no te preocupes por tu reloj, hablé con los duendes relojeros y lo van a reparar». La abuela la observa, mira el reloj y le dice: «¡Vamos! ¿Desayunaste bien?».
Hoy es día de hot dog y papas fritas y, por supuesto, «algo para el cora».
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santa y los duendes

Llegó la Navidad. Isabella, más grande, más viva, más inquieta, le dice al señor de traje rojo y barba blanca: «Santa, tus duendes repararon el reloj de la abuela». La abuela toma de las manos a Isabella, la sienta en su regazo y le dice: «Te amo… al infinito y más allá».
La abuela sonreía porque sabía que ella misma detenía las agujas para decirle al tiempo que no transcurriera y así conservar todos esos hermosos momentos con su amada y consentida Isabella.
Con amor, la Abby


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